
La madrugada del Año Nuevo se quebró en segundos. A la 1.30, el bar Le Constellation, uno de los puntos nocturnos más concurridos del complejo alpino, quedó envuelto en llamas. Lo que debía ser un brindis se transformó en estampida: humo denso, fuego en el techo y una salida que nunca alcanzó.
El balance provisional es devastador: al menos 40 personas fallecidas y 115 heridas, muchas con quemaduras graves. Entre las víctimas hay numerosos adolescentes y turistas extranjeros. La identificación avanza con lentitud: algunos cuerpos quedaron irreconocibles y será necesario recurrir a ADN y registros dentales.
El presidente suizo, Guy Parmelin, calificó el hecho como “una de las peores tragedias que nuestro país ha conocido”. Suiza decretó cinco días de duelo y banderas a media asta, un gesto sobrio ante una herida que excede fronteras.
La respuesta sanitaria fue inmediata y extrema. Diez helicópteros evacuaron a los heridos más graves desde el Alpes hacia hospitales de todo el país; algunos fueron derivados luego a unidades especializadas en Alemania y Francia para aliviar la presión del sistema suizo. Aun así, las autoridades advierten que la cifra de fallecidos podría aumentar.
La fiscal general Béatrice Pilloud descartó de plano el terrorismo y cualquier ataque deliberado. La hipótesis principal es la de un accidente: testigos relataron que una bengala o fuego artificial, encendido en el sótano, habría prendido materiales del techo. La investigación también evaluará si los revestimientos eran ignífugos y si hubo hacinamiento.
Surgen, sin embargo, preguntas incómodas. Varios sobrevivientes afirmaron que el local carecía de salida de emergencia y que la escalera era estrecha. El sótano funcionaba como discoteca, pero estaba registrado como “salón”, una categoría con exigencias de seguridad contra incendios menos estrictas. La letra chica, cuando arde, mata.
El drama se volvió internacional. Italia reportó 16 desaparecidos y 12 hospitalizados; Francia confirmó heridos y personas aún no localizadas. El embajador italiano en Suiza, Gian Lorenzo Cornado, acompañó a familias que llegaron desesperadas al complejo para buscar noticias.
Desde el cantón de Valais, el jefe policial Frédéric Gisler fijó la prioridad: identificar a las víctimas y notificar a sus allegados. “Toda la comunidad está devastada”, dijo. Lo resumió una testigo de 16 años: “En pocos segundos, todo el techo estaba en llamas”.
Crans-Montana, vitrina del turismo alpino y sede de eventos internacionales, amaneció en silencio. Queda la investigación y, sobre todo, la obligación de aprender. Porque cuando la fiesta depende de atajos normativos y materiales dudosos, el precio no es abstracto: se paga en vidas.
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