
Estados Unidos volvió a golpear a gran escala objetivos del ISIS en Siria, esta vez bajo un nombre que suena más a consigna que a estrategia: Operación Ataque Ojo de Halcón. El anuncio, difundido por el propio Comando Central de Estados Unidos, deja en claro que Washington no piensa retirarse del tablero sirio, aunque el conflicto haya mutado de forma.
La operación, lanzada el 19 de diciembre de 2025 por orden de Donald Trump, reactiva una lógica conocida: ataques aéreos como respuesta rápida, quirúrgica en el discurso, pero con efectos siempre expansivos sobre un territorio ya exhausto. La amenaza del ISIS sigue siendo real, pero también funcional para justificar una presencia militar prolongada.
Mientras tanto, Alepo vuelve a ser sinónimo de incertidumbre. Los enfrentamientos entre fuerzas progubernamentales y milicias kurdas han devuelto a la ciudad una postal que muchos creían archivada. En solo una semana, 155.000 personas fueron desplazadas de sus barrios, confirmando que la guerra, en Siria, nunca termina de irse.
El traslado en autobuses de combatientes “rendidos” hacia Tabaqa, en zona kurda, añade capas de ambigüedad a un escenario ya enmarañado. Damasco habla de barridos de seguridad; los kurdos lo niegan. La verdad, como suele ocurrir, queda atrapada entre comunicados militares y realidades fragmentadas.
La caída del régimen de Bashar al-Assad a fines de 2024 abrió una ventana política que hoy parece entornada. El actual presidente, Ahmad Sharaa, intenta integrar a las Fuerzas Democráticas Sirias en el aparato estatal, pero los hechos en Alepo muestran que los acuerdos sobre el papel no siempre sobreviven al terreno.
El llamado a la moderación del enviado estadounidense Tom Barrack suena correcto, incluso necesario. Pero llega tarde para quienes ya huyeron y demasiado temprano para un alto el fuego que, anunciado de madrugada, se deshizo con los primeros disparos del día.
Los datos del Observatorio Sirio de Derechos Humanos —25 muertos, entre ellos mujeres y niños— confirman que la violencia vuelve a marcar el ritmo. Cada enfrentamiento erosiona los avances logrados tras la caída del antiguo régimen y profundiza la desconfianza entre actores que deberían estar negociando, no combatiendo.
Siria sigue siendo un país donde la geopolítica pesa más que la paz. Y Alepo, una vez más, es el espejo roto de una transición que aún no encuentra cómo sostenerse sin armas.
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