
Brasil amaneció hoy con esa extraña sensación que dejan las noches electorales cuando nadie ha ganado todavía, pero alguien descubre que perdió más de lo que esperaba.
Flávio Bolsonaro terminó primero. Luiz Inácio Lula da Silva, segundo. Apenas unos dos puntos los separan. Bastante poco para declarar una revolución y suficientemente mucho para comprender que algo se ha movido bajo los pies de la política brasileña.
El 25 de octubre volverán a encontrarse frente a las urnas.
Y Brasil, mientras tanto, tendrá tres semanas para preguntarse no solamente quién debe gobernarlo, sino algo bastante más incómodo: qué país quiere ser.
Porque Lula no es solamente Lula. Lleva sobre los hombros décadas de historia brasileña, conquistas sociales, derrotas, resurrecciones políticas, escándalos, absoluciones, fidelidades casi religiosas y rechazos igualmente apasionados. A sus 80 años, ya no representa únicamente un programa de gobierno. Representa una época.
Flávio Bolsonaro tampoco es solamente Flávio. Su apellido llega a la papeleta antes que su nombre. Es hijo de Jair Bolsonaro y heredero de un movimiento que sobrevivió electoralmente a la salida del padre del Palacio del Planalto, a los tribunales, a las condenas y a todo aquello que sus adversarios imaginaron suficiente para enterrarlo.
No estaba enterrado.
Las urnas acaban de decirlo con esa desagradable costumbre que tienen las urnas de no consultar previamente a editorialistas, encuestadores ni tertulianos.
Hay aquí una primera lección que convendría leer sin anteojeras: casi la mitad del Brasil que votó eligió a Flávio Bolsonaro y casi la otra mitad eligió a Lula.
Eso no describe un país conquistado por la derecha ni un Brasil inexpugnablemente progresista.
Describe un país partido.
Y quizá allí aparezca la saudade.
Porque Brasil fue durante mucho tiempo la promesa del mañana. El gigante que algún día despertaría. El país del futuro. La tierra capaz de mezclar industria, agricultura, petróleo, minerales, cultura, música, ciencia, selva, ciudades descomunales y doscientos millones de personas bajo una bandera donde incluso el lema nacional se atreve a prometer “Orden y Progreso”.
Pero el futuro tiene una mala costumbre: si se lo anuncia durante demasiados años, termina envejeciendo antes de llegar.
Brasil vuelve ahora a elegir entre dos familias políticas, dos relatos y dos maneras casi antagónicas de explicar la nación. De un lado, Lula y el Partido de los Trabajadores. Del otro, un Bolsonaro.
Hasta los apellidos parecen haberse convertido en instituciones.
Y mientras la política discute el pasado, la vida continúa cobrando alquiler, llenando el tanque, buscando empleo, pagando impuestos, esperando seguridad y preguntándose cuánto costará mañana el supermercado. Allí, lejos de los discursos, suele decidirse finalmente una elección.
Flávio llega al segundo turno con una ventaja psicológica evidente: ganó cuando buena parte de las previsiones esperaba otra cosa. Además, las fuerzas menores situadas a la derecha reunieron votos que ahora quedan huérfanos de candidato.
Pero los votos no vienen con escritura de propiedad.
No pertenecen automáticamente a nadie.
Quien votó ayer por un candidato eliminado puede votar por Bolsonaro, por Lula, quedarse en casa, votar en blanco o cambiar de opinión mientras toma café. Esa pequeña indisciplina del ciudadano es precisamente lo que vuelve interesantes a las democracias.
Por eso sería imprudente coronar hoy a Flávio Bolsonaro.
Y sería todavía más imprudente considerar acabado a Lula.
Pocos dirigentes latinoamericanos han demostrado semejante capacidad para regresar cuando alguien ya estaba redactando su epitafio político. Lula conoce las calles, conoce las organizaciones sociales, conoce el nordeste y, sobre todo, conoce ese lenguaje sentimental brasileño donde política, memoria y biografía suelen sentarse juntas a la mesa.
Ahora deberá convencer a millones de brasileños de que todavía representa el futuro y no solamente un pasado que muchos recuerdan con saudade.
Flávio deberá demostrar exactamente lo contrario: que no es únicamente el hijo que heredó un apellido, una maquinaria electoral y una multitud fiel.
Deberá probar que puede gobernar Brasil y no simplemente derrotar al PT.
Porque ganar una elección requiere votos.
Gobernar Brasil requiere bastante más.
El nuevo equilibrio parlamentario agrega otro ingrediente. El Partido Liberal emerge fortalecido en el Senado y el campo conservador ha demostrado una capacidad territorial que excede largamente la figura de un solo candidato. Brasil no está votando únicamente presidente: está modificando el centro de gravedad de su poder político.
Y eso permanecerá después del 25 de octubre, gane quien gane.
Quizá por eso estas tres semanas deberían servir para algo más que intercambiar acusaciones, agitar fantasmas y desempolvar cadáveres políticos.
Brasil tiene tamaño continental, recursos extraordinarios, una economía gigantesca y problemas igualmente gigantescos. Merecería una campaña donde se discutiera cómo crecer, producir, educar, proteger la Amazonia sin convertirla en museo, combatir el crimen sin convertir al Estado en verdugo, reducir desigualdades sin fabricar dependencia y atraer inversiones sin vender los muebles de la casa.
Sería mucho pedir.
Las campañas electorales modernas suelen preferir un enemigo a una idea: sale más barato y cabe mejor en las redes sociales.
El 25 de octubre, entonces, Brasil volverá a las urnas.
Un hombre llevará consigo el apellido Bolsonaro.
El otro llevará medio siglo de historia llamado Lula.
Entre ambos habrá millones de brasileños que quizá no sientan entusiasmo por ninguno, pero deberán decidir cuál de los dos representa mejor aquello que todavía esperan.
Y allí reside la hermosa melancolía de esta elección.
Brasil continúa buscando el futuro.
Sólo que esta vez deberá encontrarlo caminando entre recuerdos.
Y la saudade, cuando entra en política, puede ser una magnífica canción.
Pero jamás debería convertirse en programa de gobierno.
El Testigo del Tiempo
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Fuentes consultadas: Agência Senado, ANSA, Reuters.
