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La arena heredada no absuelve al arquitecto

La frase de Jorge Luis Borges recuperada por The Economist es magnífica: “Nada está construido sobre piedra; todo está construido sobre arena, pero debemos construir como si la arena fuera piedra”.

Aplicada a la Argentina, la metáfora resulta irresistible. Hemos construido, demolido y vuelto a construir tantas veces que algunas generaciones terminaron creyendo que el movimiento de los escombros era una forma de progreso.

La Nación recuerda una larga sucesión de desastres económicos e institucionales: inflación, confiscaciones, defaults, pesificaciones, controles, cambios de reglas, estatizaciones, déficits descontrolados y una moneda que los propios argentinos aprendieron a mirar con sospecha. Buena parte de ese inventario es difícil de discutir.

Sería absurdo sostener que Javier Milei recibió una Argentina ordenada, previsible, con crédito abundante, moneda confiable y cuentas públicas saludables. No la recibió.

Pero de allí nace precisamente el punto donde conviene separarse del razonamiento.

Una herencia explica. No absuelve.

Todo gobierno asume sobre aquello que dejaron los anteriores. Algunos reciben una casa relativamente ordenada; otros encuentran goteras, deudas, paredes rajadas y hasta las escrituras extraviadas. Quien pide las llaves sabiendo cómo está la propiedad no puede, treinta y dos meses después, explicar cada dificultad señalando eternamente al propietario anterior.

Mucho menos cuando llegó prometiendo que sabía cómo repararla.

La responsabilidad histórica argentina tampoco puede distribuirse de manera tan sencilla entre ocho décadas de populismo por un lado y un presente obligado a reparar sus consecuencias por el otro. En esas ocho décadas gobernaron peronistas, radicales, militares, coaliciones de distinto signo y administraciones que aplicaron políticas económicas contradictorias entre sí.

Hubo estatismo y privatizaciones. Déficits y ajustes. Congelamientos y liberalizaciones. Endeudamiento y defaults. Aperturas y controles. Hubo irresponsabilidad fiscal, pero también decisiones empresariales equivocadas, dirigencias sindicales corporativas, provincias administradas como feudos, sistemas tributarios delirantes y una justicia cuya lentitud tampoco nació anteayer.

La arena tiene muchos fabricantes.

Por eso tampoco parece justo explicar a un joven que hoy no puede pagar una cuota diciéndole simplemente que está “pagando el pato” de los errores cometidos por sus padres y sus abuelos. Puede ser históricamente cierto que recibe una economía deteriorada. Pero ese joven trabaja, paga impuestos y vota en el presente.

No vive en 1952.

No compra alimentos con el Rodrigazo, no paga el alquiler con el Plan Bonex ni recibe su sueldo en estadísticas sobre el déficit de 2023.

Su problema llega a fin de mes.

Y allí comienza la obligación del gobierno actual.

El equilibrio fiscal importa. La estabilidad monetaria importa. La seguridad jurídica importa. Recuperar crédito, inversión y confianza importa muchísimo. Sería irresponsable negar que sin esas bases cualquier prosperidad termina siendo otro decorado argentino sostenido con alambre.

Pero una economía no puede considerarse exitosa únicamente porque sus grandes números comiencen a ordenarse mientras una parte considerable de la población siente que el orden todavía no ha llegado a su mesa.

Eso no significa reclamar que el Estado vuelva a imprimir dinero para repartir una prosperidad ficticia. Significa algo bastante más elemental: la macroeconomía es el cimiento; no es la casa.

Una familia no vive dentro del superávit fiscal. Vive de su salario, de su jubilación, de su comercio, de su profesión o de su pequeña empresa. Compra comida, paga electricidad, alquiler, medicamentos, transporte y cuotas. Si las cuentas nacionales mejoran pero durante demasiado tiempo las domésticas continúan crujiendo, aparece una pregunta política perfectamente legítima.

¿Cuándo llega la reconstrucción hasta aquí?

Responder que primero prosperarán unos y después los demás puede describir una determinada teoría económica. Pero también exige explicar cuánto significa “después”, quién soportará mientras tanto el costo de la espera y qué ocurrirá con quienes no tengan espalda suficiente para alcanzar la prometida orilla.

Borges sirve para comprender la fragilidad de nuestras construcciones.

Pero quizá su metáfora permita una lectura adicional.

Si sabemos que debajo hay arena, debemos construir con mayor prudencia, mejores cálculos y materiales más sólidos. No alcanza con recordar quién convirtió la piedra en arena. Tampoco sirve insultar al que señala una grieta diciendo que pretende derribar el edificio.

La Argentina necesita memoria para no reincidir.

Necesita inversión, producción, estabilidad, instituciones y una moneda que vuelva a merecer ese nombre. Necesita también abandonar la infantil costumbre de creer que cada nuevo gobierno comienza la Historia y que todos sus problemas fueron escritos por el anterior.

Milei heredó la arena.

Es verdad.

Pero solicitó gobernar sobre ella, explicó que conocía sus defectos y aseguró que sabía cómo convertirla nuevamente en terreno firme.

Por eso corresponde reconocer cada piedra que consiga colocar.

Y también medir cada pared que levante torcida.

Porque gobernar no consiste en elegir el terreno.

Consiste en construir sobre el que hay.

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