
Hay algo extraordinariamente revelador en que centenares de jóvenes hagan cola para fotografiarse con un antropólogo.
No es cantante. No juega al fútbol. No protagoniza películas. No ofrece una fórmula para enriquecerse en diez pasos ni promete felicidad instantánea mediante suscripción mensual.
Se llama Biao Xiang, tiene 54 años, estudió Sociología en la Universidad de Pekín, obtuvo un doctorado en Antropología Social en Oxford, fue profesor allí y actualmente dirige un departamento del Instituto Max Planck de Antropología Social, en Alemania. Sus investigaciones abarcan migraciones, trabajo, relaciones entre sociedad y Estado y las transformaciones económicas y sociales de Asia.
Hasta ahí, un currículum académico formidable.
Lo verdaderamente interesante comienza cuando se llena el auditorio.
En Singapur, unos 500 asistentes —en buena parte jóvenes chinos residentes en el exterior— acudieron recientemente a escucharlo hablar durante más de una hora. Después hubo preguntas, fotografías y una cola para conocerlo personalmente. Una joven lo describió prácticamente como una reunión de admiradores académicos.
En China circula incluso una expresión: cuando existen dudas, pregúntenle a Biao Xiang.
La tentación sería contar la historia del profesor convertido en celebridad.
Pero estaríamos mirando el dedo en lugar de aquello que señala.
La noticia no es Xiang. La noticia es la cola.
¿Qué buscan esos jóvenes?
China protagonizó durante pocas décadas una transformación económica difícil de comparar por velocidad y dimensiones. Ciudades, universidades, industrias, infraestructuras, comercio, tecnología y una gigantesca expansión de las oportunidades modificaron no solamente el país, sino también las expectativas de millones de familias.
Durante ese proceso fue consolidándose una ecuación reconocible.
Estudiar. Competir. Graduarse. Conseguir un buen empleo. Comprar una vivienda. Casarse. Progresar.
No era exclusivamente china. Con diferentes ingredientes, nuestras sociedades occidentales vendieron durante generaciones un menú bastante parecido.
El problema aparece cuando uno cumple la receta y el plato no llega.
China sigue siendo una formidable potencia industrial y comercial. Los datos oficiales de agosto muestran un desempleo urbano general del 5,3%, mientras las autoridades atribuyen parte del reciente aumento estacional precisamente a la incorporación de nuevos graduados al mercado laboral. También informan crecimiento de sectores tecnológicos y estabilidad general del empleo. Es decir: sería absurdo dibujar un país detenido o una economía derrumbada.
Y precisamente por eso la historia resulta interesante.
Porque los grandes números nacionales y las pequeñas angustias personales pueden convivir perfectamente.
Un país puede construir trenes de alta velocidad mientras un muchacho no sabe hacia dónde va.
Puede exportar tecnología mientras una graduada duda de conseguir empleo.
Puede aumentar su influencia mundial mientras una familia teme que el departamento comprado durante los años del gran auge inmobiliario ya no represente la seguridad que imaginaba.
No existe contradicción estadística alguna.
Existe una contradicción humana.
Xiang encontró palabras para describirla.
Una de ellas es “flotar”: trabajar y moverse permanentemente no necesariamente para avanzar, sino para evitar caer. La imagen recuerda al colibrí que bate las alas a enorme velocidad simplemente para permanecer en el mismo lugar.
Otra de sus ideas gira alrededor de “lo cercano”.
El hombre contemporáneo parece vivir simultáneamente en dos territorios: él mismo y el planeta entero.
Sabemos qué ocurrió esta mañana en Washington, Gaza, Moscú o Shanghái. Miramos guerras a diez mil kilómetros, discutimos declaraciones presidenciales extranjeras y recibimos en el teléfono la cotización de empresas que jamás visitaremos.
Mientras tanto, podemos ignorar quién vive tres pisos más abajo.
Entre el individuo y el planeta se fue debilitando ese territorio intermedio formado por vecinos, compañeros, pequeños comercios, relaciones cotidianas y comunidades concretas.
Xiang sostiene que recuperar ese espacio puede ayudarnos a comprendernos también a nosotros mismos.
No se trata de una ocurrencia fabricada para llenar auditorios. El departamento que dirige en Max Planck trabaja, entre otros campos, sobre movilidad, reparación social y formas mediante las cuales los ciudadanos intentan recomponer relaciones sociales en la vida cotidiana. Incluso existen investigaciones específicamente dedicadas a “lo cercano” en escenarios urbanos chinos.
Hay además algo particularmente interesante en la trayectoria del propio profesor.
Xiang ha reconocido que, después de años de producción académica, llegó a sentir que estaba perdiendo contacto con los problemas que realmente preocupaban a las personas. Comenzó entonces a escribir para públicos más amplios y a conceder entrevistas en chino.
Y descubrió algo que quizás algunas universidades deberían escribir con letras bastante grandes sobre sus puertas: los jóvenes querían ideas que les permitieran comprender por qué viven como viven y por qué sienten lo que sienten.
No necesariamente querían que alguien les entregara la respuesta.
Querían comprender la pregunta.
Ahí probablemente nace buena parte del fenómeno.
China posee expresiones contemporáneas que ya recorrieron medio mundo. “Lying flat”, acostarse y abandonar deliberadamente la carrera interminable. “Involution”, competir cada vez con mayor intensidad para obtener recompensas proporcionalmente menores.
Son palabras nuevas para un cansancio bastante antiguo.
Porque detrás de ellas aparece una cuestión que excede ampliamente las fronteras chinas.
Un joven europeo puede estudiar veinte años y descubrir que su primer salario difícilmente le permitirá alquilar solo.
Un graduado argentino puede acumular títulos mientras observa que una vivienda se aleja más rápido de lo que aumenta su sueldo.
Un británico puede comenzar su vida profesional cargando una importante deuda universitaria.
Un joven chino puede haber atravesado uno de los sistemas educativos más competitivos del planeta para descubrir finalmente que millones de personas igualmente preparadas esperan junto a él.
Cambian los países.
Cambia la moneda.
Cambia el idioma.
Pero la pregunta empieza a parecerse demasiado:
¿Para qué sirvió cumplir todas las reglas si las reglas cambiaron antes de llegar a la meta?
Conviene no cometer otro error.
Xiang no parece ofrecer una rebelión contra el sistema chino, ni una receta política empaquetada para exportación. Su trabajo académico lleva años examinando movilidad, trabajo, reproducción social y relaciones entre sociedad y Estado, y su propia explicación sobre el sentido de esa antropología pública es bastante más sencilla: comenzar por aquello que preocupa a las personas en su vida real.
Quizá por eso funciona.
No promete eliminar la incertidumbre.
La nombra.
Y poner nombre a una preocupación tiene un efecto curioso: aquello que hasta ayer parecía un fracaso exclusivamente personal puede comenzar a reconocerse como parte de una transformación colectiva.
El joven deja entonces de preguntarse solamente:
“¿Qué hice mal?”
Y comienza a preguntarse:
“¿Qué está cambiando alrededor mío?”
Son preguntas completamente diferentes.
La primera conduce al espejo.
La segunda obliga a abrir la ventana.
Allí reside probablemente el verdadero alcance de la historia de Biao Xiang.
No estamos simplemente ante un profesor chino que se volvió famoso hablando de ansiedad.
Estamos observando a una generación extraordinariamente preparada, nacida durante una etapa de crecimiento excepcional, que empieza a descubrir una diferencia fundamental entre las expectativas heredadas y las posibilidades presentes.
Y tampoco deberíamos mirar el fenómeno desde Occidente con la cómoda curiosidad de quien contempla algo exótico detrás de una vitrina.
Porque esa vidriera devuelve reflejos.
La incertidumbre laboral, el precio de la vivienda, la competencia permanente, la necesidad de acumular títulos, la comparación social amplificada por las redes y la sensación de correr para conservar la posición alcanzada no necesitan pasaporte chino.
Tal vez por eso un antropólogo puede llenar hoy un auditorio.
No porque posea las respuestas.
Sino porque tuvo la rara habilidad de formular claramente algunas preguntas que millones ya llevaban dentro.
Y cuando una generación comienza a buscar nuevas palabras para explicar su futuro, conviene escucharla.
Especialmente cuando esas palabras, después de atravesar medio planeta, empiezan a sonar inquietantemente familiares.
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Fuentes consultadas: Fuentes consultadas: BBC; National Bureau of Statistics of China; Max Planck Institute for Social Anthropology.
