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Cuando el Dragón estaciona en la puerta

Buenos Aires acaba de recibir su primera exposición dedicada al automóvil chino. Más de veinte marcas desplegaron modelos, tecnología, eléctricos, híbridos y una advertencia silenciosa: China ya no golpea la puerta del mercado argentino. Está estacionando adentro.

El cambio ha sido rápido. Durante décadas, comprar un automóvil en la Argentina significó moverse dentro de un mercado fuertemente protegido, donde la competencia exterior encontraba barreras suficientes como para necesitar brújula, abogado y paciencia. La apertura impulsada por el Gobierno de Javier Milei empezó a modificar ese paisaje.

Para el consumidor, la novedad tiene una música agradable. Más marcas significan más modelos, más equipamiento y, al menos en teoría, mayor presión sobre los precios. Cuando el comprador puede comparar, el fabricante descubre una vieja verdad del capitalismo: el cliente también vota. Y lo hace con la billetera.

Los fabricantes chinos entendieron perfectamente esa elección. Ya no desembarcan solamente ofreciendo el automóvil barato que alguna vez provocaba sonrisas condescendientes. Llegan con eléctricos, híbridos, pantallas, cámaras, asistentes electrónicos y terminaciones capaces de discutir de igual a igual con nombres establecidos desde hace décadas.

BYD es probablemente el ejemplo más visible. Llegó al mercado argentino a fines de 2025 y ya consiguió abrirse paso entre las marcas más vendidas. No está sola. Geely, Chery, GWM, Dongfeng y otras compañías buscan su porción de un mercado donde, hasta hace muy poco, semejante desembarco habría resultado bastante más complicado.

Aquí comienza la parte picante.

Abrir una economía no consiste simplemente en levantar una barrera y esperar que la competencia haga milagros. Competir exige productividad, impuestos razonables, crédito, infraestructura, proveedores eficientes, reglas previsibles y costos que permitan fabricar sin empezar cada mañana corriendo una carrera con una mochila de piedras.

La industria argentina del automóvil conoce demasiado bien esa mochila.

Fabricantes y concesionarios advierten que la llegada de nuevos competidores obliga a modernizar productos y revisar estrategias. Eso puede ser saludable. Una industria protegida eternamente corre el riesgo de convertirse en un jardín botánico: plantas cuidadosamente preservadas porque afuera quizá no sobrevivirían.

Pero existe el peligro contrario.

Confundir apertura con indiferencia industrial puede terminar convirtiendo al país en un magnífico salón de ventas de productos fabricados en otra parte. El consumidor podría disponer de vehículos mejores y más económicos mientras, paralelamente, desaparecen proveedores, empleos industriales, ingeniería y capacidad tecnológica local.

Y entonces el automóvil barato podría terminar saliendo bastante caro.

Brasil y México han elegido levantar defensas frente al avance chino. La Argentina de Milei transita, por ahora, el camino contrario. El Presidente lo resumió con una frase brutalmente sencilla: lo que compren los argentinos es problema de los argentinos.

Desde la teoría del mercado, tiene lógica. Desde la política industrial, la frase merece una segunda lectura.

Porque un automóvil no es solamente aquello que alguien compra. Detrás existen acero, aluminio, autopartes, neumáticos, software, logística, talleres, concesionarios, ingeniería, empleo especializado, exportaciones y miles de pequeñas empresas que jamás aparecen fotografiadas junto al modelo reluciente del salón.

Argentina posee además una carta que no debería arrojar distraídamente sobre la mesa: las pick-ups. Allí conserva experiencia, plantas industriales y capacidad exportadora. Defender esa ventaja no significa levantar una muralla contra China. Significa hacer aquello que los chinos aprendieron extraordinariamente bien: elegir sectores, invertir, mejorar productividad y competir donde existe posibilidad real de ganar.

También resulta interesante que, mientras llegan automóviles chinos, Toyota anuncie nuevas inversiones y Tesla haya comenzado a asomar la nariz en el mapa argentino. La competencia que viene no será solamente entre países. Será entre tecnologías, cadenas productivas y modelos industriales.

El viejo automóvil de combustión ya comparte estacionamiento con híbridos, eléctricos, baterías y sistemas digitales. Quien discuta solamente sobre aranceles corre el riesgo de estar peleando la guerra anterior.

La exposición china de Buenos Aires, por eso, merece ser observada más allá de sus carrocerías brillantes.

Puede representar el saludable final de un mercado excesivamente cerrado. Puede ser el comienzo de una competencia que obligue a la industria argentina a fabricar mejor. También puede convertirse, si el país no define una estrategia productiva, en la fotografía elegante de una sustitución: menos fábricas y más importadores.

China no necesita pedir disculpas por vender buenos automóviles. Hace exactamente aquello para lo cual trabajó durante décadas.

Tampoco corresponde pedirle al consumidor argentino que compre un vehículo peor o más caro únicamente para sostener una bandera sobre el capó.

La responsabilidad está en otra parte.

Corresponde al Estado ofrecer condiciones razonables y estables; a los empresarios invertir y competir; a los sindicatos comprender que un puesto protegido en una fábrica que deja de vender termina siendo solamente un puesto con fecha de vencimiento.

Y corresponde al país decidir algo mucho más importante que el origen del próximo automóvil familiar.

Si quiere ser únicamente un mercado donde todos puedan vender.

O también un lugar donde todavía valga la pena fabricar.

Porque el dragón ya estacionó en la puerta.

La cuestión no es echarlo.

La cuestión es tener algo suficientemente bueno para estacionar al lado.

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