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Un funcionario argentino convirtió una opinión militante en un problema entre Estados. Las redes sociales permiten escribir en segundos; la diplomacia suele necesitar años para reparar lo que algunos escriben en segundos.
Hay una diferencia pequeña en caracteres y enorme en consecuencias entre ser un tuitero y ser un funcionario del Estado.
Juan Pablo Carreira, director nacional de Comunicación Digital de la Presidencia argentina y conocido en las redes como Juan Doe, parece haber olvidado esa diferencia cuando decidió atribuir al Partido Comunista de China la responsabilidad por la catástrofe ocurrida en Nepal.
Podría discutirse durante horas sobre comunismo, capitalismo, empresas estatales, glaciares, represas y modelos económicos. Es saludable hacerlo. Lo que resulta bastante menos saludable es convertir una tragedia todavía caliente, con centenares de familias buscando desaparecidos, en munición para una batalla ideológica.
Y hacerlo desde un cargo oficial.
Porque Juan Doe puede tener opiniones. Juan Pablo Carreira también. Pero el director nacional de Comunicación Digital de la Presidencia de la Nación carga además con un pequeño inconveniente administrativo: la República Argentina viaja sentada detrás de su teclado.
China lo entendió perfectamente.
La Embajada china en Buenos Aires respondió públicamente, rechazó las acusaciones y exhortó al funcionario argentino a abandonar las especulaciones sin fundamento y a no politizar ni instrumentalizar las catástrofes naturales para evitar daños en las relaciones entre ambos países.
En otras palabras, Beijing dejó de discutir con un tuitero y comenzó a hablarle a la Argentina.
Ese es el verdadero asunto.
La tragedia del Himalaya ha dejado más de un millar de muertos y miles de desaparecidos. Las informaciones disponibles atribuyen el desastre a un desprendimiento glaciar de enorme magnitud en territorio nepalí. Existen, naturalmente, interrogantes científicos, ambientales y hasta políticos sobre la gestión de los riesgos en una región donde el retroceso de los glaciares constituye una amenaza creciente. Pero una investigación es una cosa y una sentencia ideológica publicada desde un teléfono es otra bastante distinta.
También convendría recordar algo elemental: China no es precisamente un país remoto en la agenda económica argentina.
Es uno de sus grandes socios comerciales, comprador fundamental de productos argentinos, proveedor de bienes industriales y protagonista de inversiones e infraestructura. Buenos Aires puede discutir con Beijing —como cualquier Estado soberano— sobre comercio, inversiones, derechos humanos, geopolítica o cualquier otro asunto. Lo que difícilmente constituye una política exterior es arrojar una piedra desde X y esperar que la diplomacia recoja después los vidrios.
Aquí aparece una peculiaridad de la comunicación política contemporánea.
Durante años se cultivó la idea de que las redes eran una especie de territorio extraterritorial donde la exageración, el insulto y la provocación podían utilizarse sin demasiadas consecuencias. Funcionaba mientras quienes jugaban allí eran militantes, comentaristas o personajes anónimos.
El problema comienza cuando esos personajes reciben despacho, cargo, decreto y sueldo público.
Entonces el avatar adquiere membrete.
Y un mensaje que ayer habría provocado una pelea entre usuarios hoy puede provocar una nota de una embajada.
No se trata de exigir funcionarios mudos ni diplomáticos con guantes de seda. Un gobierno tiene derecho a defender sus ideas y hasta a confrontar políticamente con otro. Pero precisamente porque representa a un país debe saber cuándo habla, sobre qué habla y —detalle que alguna vez fue considerado importante— si sabe de qué está hablando.
La diplomacia posee una antigua virtud que las redes sociales consideran casi un defecto: pensar antes de apretar el botón.
La Argentina tiene suficientes problemas económicos, comerciales e internacionales como para fabricar otros gratuitamente.
Quizás por eso, antes de entregar las llaves de la comunicación de un Estado a los gladiadores digitales, convendría recordarles una sencilla regla del oficio:
cuando uno entra en la Casa Rosada puede conservar la cuenta de X.
Lo que ya no puede conservar es la fantasía de que sigue tuiteando solamente en nombre propio.
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Fuentes consultadas: AFP, Reuters, Embajada de la República Popular China en Argentina y prensa internacional.
