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Londres responde a cualquier discusión sobre soberanía invocando la voluntad de los isleños. Pero una votación puede expresar cómo quiere vivir una población; no necesariamente puede borrar por sí sola una controversia territorial reconocida internacionalmente. Ahora Donald Trump ha movido, apenas unos centímetros, una pieza que llevaba décadas prácticamente inmóvil.
Hay frases diplomáticas que parecen definitivas porque están construidas para sonar definitivas.
“Los isleños manifestaron su deseo de seguir siendo un territorio británico de ultramar”, respondió Londres después de que Donald Trump dijera que estaba revisando la posición de Estados Unidos sobre las Islas Malvinas.
La afirmación británica contiene un hecho. Pero no contiene toda la cuestión.
Los habitantes de las islas han expresado de manera abrumadora su voluntad de continuar vinculados al Reino Unido. Negarlo sería absurdo. También sería contrario a cualquier solución razonable imaginar que sus derechos, intereses, propiedad, cultura o modo de vida pudieran sencillamente ignorarse.
Pero Malvinas no es una encuesta.
Porque la controversia que permanece abierta no consiste simplemente en averiguar qué pasaporte prefieren hoy quienes habitan las islas. Se refiere a quién posee la soberanía sobre el territorio.
Y esa diferencia no la inventó Buenos Aires esta semana.
Las Naciones Unidas mantienen las Islas Malvinas —Falkland Islands en la denominación británica— dentro de la lista de Territorios No Autónomos desde 1946. Y desde la Resolución 2065 de la Asamblea General, aprobada en 1965, existe en el ámbito de Naciones Unidas el reconocimiento de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido, acompañada por reiterados llamados a encontrar una solución pacífica mediante negociaciones.
Ese pequeño detalle suele perderse cuando Londres presenta el problema exclusivamente bajo el principio de autodeterminación.
Si la voluntad de los habitantes actuales bastara por sí sola para extinguir la controversia, resultaría difícil explicar por qué Naciones Unidas continúa tratando la cuestión más de seis décadas después y por qué continúa instando a las dos partes a resolverla.
Naturalmente, eso tampoco significa que la Argentina pueda proclamar soberanía y considerar terminado el asunto.
Precisamente porque existe una disputa, existen dos posiciones contrapuestas.
El Reino Unido sostiene que no hay nada que negociar sobre soberanía mientras los habitantes quieran continuar siendo británicos. La Argentina sostiene que el principio aplicable es el de integridad territorial y que la población implantada y desarrollada bajo administración británica después de 1833 no puede convertirse en árbitro exclusivo del litigio territorial.
Entre ambas posiciones existe algo bastante más incómodo que una consigna patriótica: un conflicto diplomático todavía sin resolver.
Y allí aparece Donald Trump.
El presidente estadounidense no reconoció la soberanía argentina. Tampoco anunció que Washington abandonará al Reino Unido. Mucho menos dijo que entregará las Malvinas a Javier Milei.
Dijo algo bastante más pequeño, pero diplomáticamente interesante: que revisa todas las posiciones y que ésta es “una de muchas”.
Hasta ahora, Washington ha evitado tomar partido formal sobre la soberanía, mientras reconoce la administración británica de facto. Reuters confirmó además que un eventual cambio respecto de Malvinas apareció entre distintas opciones consideradas dentro del Pentágono para presionar a aliados de la OTAN considerados insuficientemente comprometidos con los objetivos militares estadounidenses.
Y aquí la historia adquiere una ironía formidable.
Después de décadas en las que Londres presentó la soberanía de las islas como una cuestión prácticamente cerrada, Malvinas podría reaparecer sobre una mesa internacional no por una súbita pasión estadounidense por el derecho argentino, sino como instrumento de negociación para conseguir más libras esterlinas destinadas a defensa.
Sería prudente que Buenos Aires no confundiera esa circunstancia con una conversión trumpiana a la causa argentina.
Donald Trump negocia.
Y una ficha que hoy sirve para presionar a Londres mañana puede servir para obtener otra cosa de Buenos Aires.
Pero también sería un error argentino desperdiciar el episodio mediante triunfalismos, fotografías o declaraciones destinadas al consumo doméstico.
Cuando una potencia comienza a decir públicamente que está revisando una posición que durante décadas parecía congelada, la diplomacia profesional no descorcha champagne.
Abre la carpeta.
Argentina tiene allí una cuestión histórica, argumentos jurídicos, resoluciones internacionales y una obligación igualmente importante: sostener que cualquier solución deberá ser pacífica y respetar plenamente los intereses y el modo de vida de quienes habitan las islas.
Porque reconocer esos derechos no equivale a concederles la facultad unilateral de resolver una disputa entre dos Estados.
Los isleños tienen voz.
Tienen derechos.
Tienen intereses que cualquier negociación seria deberá proteger.
Pero la pregunta pendiente desde hace casi dos siglos no es solamente cómo quieren vivir.
Es también sobre qué territorio están viviendo.
Y esa pregunta, por mucho que Londres quisiera convertirla en una papeleta depositada dentro de una urna, todavía no ha recibido una respuesta aceptada por las dos partes.
Por eso Malvinas sigue figurando en la agenda internacional.
Y por eso, precisamente,
Las Malvinas no son una encuesta.
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Fuentes consultadas: Reuters, The Times, Naciones Unidas y documentación de la Asamblea General y del Comité Especial de Descolonización.
