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Cuando las islas pesan más que los mapas

Las islas tienen una curiosa costumbre: parecen pequeñas hasta que alguien despliega un mapa militar.

El archipiélago de Chagos, perdido en el océano Índico y desconocido para buena parte del público, volvió a ocupar un lugar considerable en la conversación entre el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro británico Andy Burnham, reunidos al margen de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.

En el centro del asunto está Diego Garcia. Allí funciona desde hace décadas una instalación militar conjunta británico-estadounidense cuya importancia estratégica excede ampliamente las dimensiones de la isla. Desde ella pueden proyectarse operaciones hacia Oriente Medio y amplias zonas de Asia y África.

El Reino Unido y Mauricio firmaron en mayo de 2025 un tratado por el cual Mauricio pasaría a ejercer la soberanía sobre el archipiélago de Chagos, mientras Londres conservaría durante un período inicial de 99 años las facultades necesarias para mantener operativa la base de Diego Garcia.

Pero firmado no significa terminado.

La entrada en vigor del acuerdo requiere modificaciones de la legislación británica y su implementación quedó atrapada en una tormenta política y estratégica que ahora tiene a Washington sentado nuevamente a la mesa.

Trump no disimuló su posición. Calificó el acuerdo de «terrible» y «ridículo» y volvió a colocar el argumento militar por encima de las delicadezas diplomáticas. Diego Garcia, explicó en esencia, es demasiado importante para tratarlo como una parcela cualquiera del océano Índico.

Burnham eligió una respuesta bastante más británica: escuchó, no enterró formalmente el acuerdo y aceptó volver a examinar la situación.

La prudencia tiene explicación. Apenas horas antes había hablado con el primer ministro de Mauricio, Navin Ramgoolam. Según Downing Street, ambos reafirmaron la voluntad de trabajar junto con Estados Unidos para encontrar una solución que garantice la operación de Diego Garcia y proteja la seguridad nacional británica.

Londres se encuentra así practicando uno de los ejercicios más antiguos de la diplomacia: decirle a dos interlocutores cosas compatibles, aunque no necesariamente idénticas.

Mauricio quiere que se materialice el reconocimiento de su soberanía. Estados Unidos quiere garantías absolutas sobre una instalación militar que considera estratégica. Y el Reino Unido necesita conseguir ambas cosas sin descubrir, al final de la negociación, que ha satisfecho a ninguno.

Hay además un detalle que impide reducir el asunto a una extravagancia de Trump.

La reclamación mauriciana no apareció ayer. En 2019, la Corte Internacional de Justicia sostuvo en una opinión consultiva que la administración británica del archipiélago debía terminar lo antes posible. Posteriormente, otras instancias internacionales reforzaron la posición de Mauricio. Londres terminó aceptando negociar y el tratado de 2025 fue consecuencia de ese proceso.

Por eso el problema es bastante más complejo que decidir quién tiene la bandera más grande.

Se trata de combinar soberanía, derecho internacional, seguridad militar, historia colonial y una base que Washington y Londres consideran indispensable. Cinco ingredientes suficientes para garantizar que cualquier solución sencilla deje de ser sencilla antes de llegar al segundo párrafo.

Y entonces apareció Malvinas.

Burnham confirmó que también planteó ante Trump la posición británica sobre las islas y reiteró la defensa del derecho de los habitantes de las Falkland/Malvinas a la autodeterminación y a continuar siendo británicos.

Conviene aquí no revolver expedientes.

Chagos y Malvinas no constituyen casos jurídicamente equivalentes. Tienen historias, resoluciones internacionales, poblaciones y marcos diplomáticos diferentes. Pero su aparición en una misma conversación presidencial permite observar algo que sí comparten: cuando una isla ocupa una posición estratégica, la geografía deja rápidamente de ser geografía.

Se convierte en política exterior.

En Chagos, Londres negoció la soberanía mientras procura conservar la capacidad militar. En Malvinas sostiene la soberanía británica y el principio de autodeterminación de los isleños. Argentina, naturalmente, mantiene exactamente la posición contraria respecto de la soberanía y reivindica sus derechos sobre el archipiélago.

No corresponde fabricar una equivalencia donde no existe.

Sí corresponde observar el método.

Los Estados pueden hablar de principios universales con admirable solemnidad; después abren el mapa, miran dónde está la pista de aterrizaje, calculan la distancia de vuelo y descubren que los principios también poseen coordenadas.

Diego Garcia mide poco.

Su sombra estratégica, muchísimo.

Y quizá allí esté la verdadera noticia de Chagos: en el siglo XXI todavía hay pequeños puntos sobre el océano capaces de sentar alrededor de una mesa a presidentes, primeros ministros, militares, abogados y diplomáticos.

El mapa parece inmóvil.

El poder nunca lo está.

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Fuentes consultadas: Gobierno del Reino Unido — Prime Minister’s Office y Foreign, Commonwealth & Development Office; tratado Reino Unido–Mauricio sobre el archipiélago de Chagos y Diego Garcia; documentación oficial británica sobre la base de Diego Garcia; Reuters; declaraciones públicas posteriores a la reunión Trump–Burnham en la Asamblea General de la ONU.

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