
Javier Milei subió al atril de las Naciones Unidas para explicar, en términos bastante poco diplomáticos, que las Naciones Unidas sirven de poco.
No deja de ser una escena magnífica.
Hay lugares desde los cuales determinadas frases adquieren una sonoridad especial. Criticar a la ONU desde una plaza es protesta. Hacerlo desde el salón de la Asamblea General, delante de sus delegaciones, sus intérpretes, sus funcionarios y todo su ceremonial, es utilizar el megáfono de la institución para anunciar que el megáfono no funciona.
Milei calificó al organismo de “inútil” y habló de una “casta de parásitos” escondida detrás de burócratas supuestamente bien intencionados. También cuestionó su actuación frente a dictaduras, terrorismo, la pandemia y las agendas internacionales promovidas durante los últimos años. Y reservó un capítulo central para Malvinas. Las crónicas coinciden en que el reclamo por las islas ocupó un lugar principal en su tercera intervención ante la Asamblea General.
Ahí comienza la parte verdaderamente interesante.
Porque el Presidente argentino no pidió abandonar Naciones Unidas. Tampoco anunció que la Argentina dejará de participar en sus organismos. Por el contrario, dijo que el país continuará formando parte de los foros multilaterales, aunque distinguiendo cooperación de subordinación.
Y para defender la posición argentina sobre Malvinas apeló precisamente a aquello cuya debilidad acababa de denunciar: la autoridad internacional, las resoluciones y el principio de que las palabras pronunciadas por las instituciones deben producir alguna consecuencia en el mundo real.
No es necesariamente una incoherencia. Puede leerse también como una acusación más incómoda: Milei no cuestionó únicamente lo que Naciones Unidas dice, sino la distancia existente entre lo que dice y lo que consigue hacer.
Malvinas es un buen laboratorio para esa discusión.
La Argentina sostiene su reclamo de soberanía; el Reino Unido sostiene su posición y reivindica el principio de autodeterminación de los isleños. Naciones Unidas, por su parte, reconoce desde hace décadas la existencia de una disputa de soberanía y ha exhortado a ambos gobiernos a negociar una solución pacífica. Ese marco internacional existe. Lo que no existe es la negociación capaz de resolver el conflicto.
Milei puso el dedo precisamente allí.
Si una institución aprueba resoluciones que durante décadas no consiguen modificar el comportamiento de las partes, cabe preguntarse cuánto pesa realmente su autoridad. La pregunta es legítima aunque la respuesta resulte mucho más complicada que llamar “parásitos” a quienes trabajan dentro del edificio.
Porque Naciones Unidas nunca fue un gobierno mundial.
Puede aprobar resoluciones, crear ámbitos diplomáticos, ejercer presión política, organizar operaciones internacionales y construir consensos. Pero está formada por Estados soberanos que defienden intereses propios y, especialmente cuando intervienen grandes potencias, la distancia entre el derecho, la diplomacia y la fuerza suele hacerse dolorosamente visible.
Malvinas lleva décadas demostrando esa distancia.
El discurso presidencial agregó, sin embargo, otro ingrediente. Milei reclamó nuevamente al Reino Unido la apertura de negociaciones y sostuvo que la Argentina eligió una defensa “pacífica, práctica y efectiva”. Al mismo tiempo afirmó que el país no permanecerá sentado esperando que Naciones Unidas actúe y que tomará “cartas en el asunto”. Las informaciones publicadas después de su intervención confirman que el reclamo de negociaciones convivió con una crítica frontal a la capacidad de la organización para hacer valer sus propias decisiones.
Conviene detenerse en esas palabras.
“Tomar cartas en el asunto” puede significar diplomacia, legislación, sanciones económicas, controles sobre empresas, política energética, presión internacional o construcción de nuevas alianzas. El Gobierno ya ha avanzado durante septiembre en algunas de esas direcciones frente a actividades petroleras vinculadas con las islas.
Precisamente por eso, cuando se habla desde el atril de Naciones Unidas, cada verbo pesa bastante más que en una tribuna partidaria.
Hubo además espacio para Estados Unidos e Israel, dos alineamientos centrales de la política exterior del Gobierno, y para la Inteligencia Artificial, a la que Milei presentó como una enorme oportunidad económica y tecnológica frente a la tentación regulatoria. También volvió a cuestionar las agendas internacionales impulsadas desde Naciones Unidas y sostuvo que la Argentina buscará un marco especialmente favorable para el desarrollo de IA.
Era mucho equipaje para un solo discurso.
Pero Malvinas terminó funcionando como el hilo que cosió casi todas las piezas.
Soberanía nacional frente a organismos multilaterales. Autoridad frente a burocracia. Resoluciones frente a hechos. Cooperación frente a subordinación. Y, sobre todo, una pregunta que trasciende largamente a Javier Milei y a la Argentina:
¿para qué sirve una institución internacional cuando sus palabras no consiguen modificar la realidad que pretende ordenar?
La respuesta fácil consiste en decir que no sirve para nada.
La respuesta incómoda es recordar qué queda cuando tampoco existe esa mesa.
Las Naciones Unidas pueden ser lentas, contradictorias, burocráticas y desesperantemente impotentes frente a determinados conflictos. También constituyen uno de los pocos lugares donde 193 Estados pueden sentarse bajo un mismo techo y decirse, incluso brutalmente, aquello en lo que no están de acuerdo. La Asamblea General reúne precisamente a esos 193 miembros.
Y allí reside la pequeña ironía de la jornada.
Milei viajó a Nueva York para decirle a Naciones Unidas que había perdido autoridad.
Naciones Unidas le proporcionó el atril, los micrófonos, los intérpretes y una audiencia mundial para que pudiera decirlo.
Y desde ese mismo lugar, el Presidente pidió que una de las cuestiones históricas planteadas dentro de esa organización —Malvinas— deje finalmente de ser una colección de papeles cuidadosamente archivados.
Tal vez la frase más importante del discurso no haya sido “parásitos”.
Tal vez haya sido otra mucho menos espectacular: que las palabras tengan consecuencias.
Porque las instituciones internacionales, igual que los gobiernos y los periodistas, pueden sobrevivir a una frase desafortunada.
Lo que difícilmente sobrevive intacto durante mucho tiempo es la palabra que nadie toma en serio.
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