Javier Milei calificó a Naciones Unidas de organización inútil y refugio de burócratas, pero eligió precisamente su Asamblea General para exigir que sus resoluciones sobre Malvinas tengan consecuencias. La contradicción es aparente sólo hasta cierto punto: quizás el verdadero reproche no sea que la ONU exista, sino que demasiadas veces habla sin conseguir que nadie la escuche.
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Chagos volvió a la mesa entre Londres y Washington. Trump rechaza el acuerdo con Mauricio, Burnham promete revisarlo y Diego Garcia recuerda una vieja regla de la geopolítica: hay territorios diminutos cuyo valor se mide menos en kilómetros cuadrados que en pistas de aterrizaje.
Los grandes competidores de la inteligencia artificial descubren que correr demasiado también puede ser una forma bastante sofisticada de estrellarse. Cuando quienes fabrican el motor piden moderar la velocidad, conviene al menos levantar la vista del tablero.
Los pequeños Fiat 500 conquistan a los turistas, irritan a los taxistas y convierten la Ciudad Eterna en una pista donde todos quieren ser Gregory Peck, aunque nadie sepa muy bien dónde estacionar.
Milei profundiza su alianza estratégica con Estados Unidos mientras enfría el vínculo con China. Después de mil días, la política exterior argentina empieza a mostrar no sólo sus preferencias, sino también el precio posible de convertirlas en frontera.
Javier Milei vuelve a colocar la soberanía de las islas en el centro de la política exterior después de haberla tratado con una llamativa distancia. Que Donald Trump insinúe ahora una revisión de la posición estadounidense puede favorecer circunstancialmente a la Argentina. Pero una causa de Estado no puede depender del humor de Washington, de Londres ni de la amistad entre dos presidentes.
Londres responde a cualquier discusión sobre soberanía invocando la voluntad de los isleños. Pero una votación puede expresar cómo quiere vivir una población; no necesariamente puede borrar por sí sola una controversia territorial reconocida internacionalmente. Ahora Donald Trump ha movido, apenas unos centímetros, una pieza que llevaba décadas prácticamente inmóvil.
Un funcionario argentino convirtió una opinión militante en un problema entre Estados. Las redes sociales permiten escribir en segundos; la diplomacia suele necesitar años para reparar lo que algunos escriben en segundos.
La Argentina arrastra décadas de errores, improvisaciones y desconfianza. Pero gobernar consiste precisamente en hacerse cargo del terreno recibido: la historia explica las dificultades del presente; no puede convertirse en coartada permanente para quienes administran el presente.
Una victoria deportiva puede unir a miles de personas. Basta un solo gesto para recordar que la belleza de una celebración también necesita respeto.








